Pablo dejó a sus animales en un gran prado junto a la laguna grande, y  viajó durante dos jornadas hasta llegar al bosque de los grandes robles, estuvo toda la mañana deambulando por el bosque, no tenía claro que ella estuviera en un bosque tan oscuro, pero por algo escuchaba al viento, él siempre te lleva al sitio donde debes estar…, si sabes escucharle,…si supierais escucharme.

Cansado de deambular se sentó en una gran roca junto a un roble enorme pensando en que Don Maese le podría haber dicho algo más, sacó su flauta y comenzó a tocar una melodía triste, era de noche y luna estaba en lo alto, pintando de plata la negra oscuridad…

Estuvo gran rato tocando y cuando paró escuchó una voz a sus espaldas…

  • Me encanta vuestra música, Pablo. No dejéis de tocar, hacedlo para mí, por favor…

Pablo se levantó sobresaltado, y al girarse se quedó sin palabras…, una joven misteriosa de larga cabellera dorada y ojos azules le miraba profundamente, parecía que podía ver dentro de él, y entonces entonó la melodía más hermosa que sabía, le salía de dentro, sin ningún esfuerzo, fluía como arroyo  de una roca caliza…, como  caricia íntima  para los oídos de Marcia.

Mientras tocaba la flauta le miraba fijamente a los ojos y las notas se deslizaban entre los dos, acercándolos, uniéndolos, entrelazándolos, abrazándolos, deteniendo  el tiempo en su mirada, única, que se estrechaba, y sin cursar palabra   se lo decían todo y se sentían mientras la música les envolvía cada vez más. Marcia  entreabrió sus sensuales labios como queriendo decir algo, sin apartar sus ojos de él luciendo una sonrisa intensa  pero se abalanzó sobre Pablo y los dos se fundieron en un apasionado abrazo, desmesurado, desesperado, se  besaban y se mordían, se tocaban y se abrazaban, con deseo, con fuerza, con el hambre de muchas vidas, como si en vez de ser la primera vez que se tocaran fuera la última, sin querer perder el más ínfimo segundo…, se arrancaron la ropa con vehemencia,  y entonces se amaron  con el ansia y el dolor del tiempo perdido del ayer que nunca volverá y  el miedo y la incertidumbre  de un  mañana  que no se sabe si podrá nacer…

Y entonces un gran resplandor se hizo en el bosque, y una luz azul brotó de sus cuerpos y se proyectó al cielo dejando dibujada una estrella azul en el oscuro firmamento.

El tiempo se había parado para Marcia y Pablo, se habían vuelto a encontrar una vez más después de cien vidas, no necesitaban contarse nada pues en sus ojos lo veían todo, lo sentían todo, lo tenían todo, absolutamente todo.

Allí abrazados estaban, desnudos bajo la luz de la luna, ajenos al resto del mundo, piel contra piel, enredados en sus cuerpos, sentían sus latidos, sus respiraciones, sus caricias, tenían todo lo que necesitaban en este mundo…, pues nada importa…, nada más importa.

Pero lejos de allí un hombre entrado en carnes, estaba encaramado a su ventana, había visto el resplandor y al asomarse al cielo y ver la estrella azul, frunció el ceño y se sonrió para sus adentros, sabía lo que significaba esa estrella azul,  era la señal que había estado esperando tanto tiempo, se separó lentamente de la ventana y con las manos entrelazadas  detrás de su espalda y en ellas  le daba vueltas a un rosario de perlas blancas con una cruz de oro, murmuraba entre dientes mientras su rostro lustroso sudaba,… murmuraba que; encontraría a esas Almas Anexas y las devolvería al lugar de donde vinieron…, al oscuro limbo.