QUERIDA JULIA.

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                                         Imagen de Elena Dudina.

Querida Julia:

Niña mía, mi trozo de cielo, mi aliento de seda, mi brisa templada, mi triste sueño lejano.
Mis días pasan sollozando en el frío viento de distancia,
mis manos huérfanas de tu piel, mis ojos esclavos de tu imagen,
mis sueños atrapados en el calor de tu boca, dulce, tierna esperanza,
que me cubre de anhelos en mi desconsuelo… rosa aroma de espinas tu inmenso recuerdo, que me calienta y me desalienta.
Niña mía, tu voz melodiosa y frágil en mis oídos, caramelo dulce áspero, que me resquebraja y me parte, de doloroso sonido su ausencia, continua y eterna.
Niña mía, mi corazón gime, llora, zozobra, en los segundos que me separan de verte, tiembla mi alma azorada por volver a sentirte, rebulle mi ánimo por el firmamento de tu semblante, vibra mi ser del deseo de tus caricias, mis palabras son vanas, vacías, vacuas, cuando no caen de mi boca en tu oído, perdidas a mis pies en el triste suelo.
Niña mía, mis párpados se cierran pesados de lápidas, aquí, nada tiene sentido, vivo para volver a tocarte, para volver a sentirte,…mis huesos, mi carne, mi piel, ¡gritan tu nombre!, ¡Julia!…mi niña.
Niña mía, cada aurora, cada ocaso, cada nube, cada brisa, cada cielo, deseo, imploro, suplico, ruego, seguir vivo para ti, en este maldito lugar, pues mi vida no tiene valía sin ti.
Niña mía, cuando leas esta carta, estaré preparando mi petate para volver contigo, los minutos; perpetuos del mar que nos separa, las horas; imperecederas en el reloj, los días; imposibles de soportar, los salvaremos pronto.
Niña mía, te quiero, te quiero, te quiero…

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