– Maese Viento, estoy algo triste, cuéntame algo más de tu historia de Aanaar, la última chamana de los Saamis…
– Ya me extrañaba hoy tu silencio, humano, sabía que tarde o temprano te dirigirías a mí, no rompas el silencio si lo que quieres es escuchar, escucha pues…
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Y no habéis encontrado el amuleto, estará dentro de un maldito asta de ciervo o de reno que llevan esas brujas. Es muy importante para la iglesia que lo encontréis lo antes posible, Stefan Gustafsson. He confiado en vos y sé que no me defraudaréis, el amuleto será mucho más pesado que uno normal, no es difícil distinguirlo.
El oficial del ejército sueco estaba de pie en una pequeña y austera sala, mirando de frente al Obispo de Turku, hombre austero, de barbas pobladas blancas y su túnica negra culminada por su mirada severa y seria.
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Señor Obispo, hemos quemado ya más de cien brujas de las Samis, pero hasta ahora no hemos encontrado el amuleto, todas mueren en silencio, no hay manera de que ninguna cuente quien tiene el amuleto que buscáis, se dejan quemar antes que hablar, nunca vi tanta obstinación y resignación, ¿de verdad es necesario quemarlas, no sería más compasivo fusilarlas, señor obispo?
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¡Fusilarlas!, ¡qué insensatez!, ¡seguid!, hasta que no quede ninguna de esas malditas brujas en territorio luterano, no podemos consentir que con su magia negra contravengan las enseñanzas de nuestro señor Jesucristo, aunque tengáis que movilizar a todo el ejército sueco, tenéis que encontrar a esa bruja con su amuleto, y mandarla al infierno del que nunca debió salir, arderá en las llamas purificadoras ¡por nuestro señor Jesucristo!
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Así será, señor obispo Johannes Gezelius, encontraremos a esa bruja y os traeremos su amuleto cueste lo que cueste.
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Capitán Stefan Gustafsson, a nuestro monarca Carlos le agradará saber que ha sido erradicada del imperio sueco todo resquicio de paganismo y magia negra. Completad vuestro cometido. Pero esta vez para que no falléis os seguirá mi fiel servidor experto en cazar brujas de los Samis, llamadle SKöll, a partir de ahora le obedeceréis en todo lo que disponga.
Y de entre las sombras salió un gran figura corpulenta, su rostro arrugado no reflejaba la más mínima emoción, cruzada por una fea cicatriz y de sonrisa una mueca grotesca.
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Pero no es necesario, señor obispo. Ya tenemos rastreadores para llegar hasta ella.
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Tendréis que aceptar, Stefan Gustafsson, él os llevará a ella fácilmente, tiene olfato de lobo…