– Maese Viento, hoy me estás cubriendo de gloria.
– Será de nieve, necio humano.
– No. Maese. De gloria. Sentir tu fuerza es gloria para mí, al menos hoy, me hace sentir más vivo.
– me estás diciendo que te hace sentir más vivo estar más cerca de la muerte, humano…
– No trates de asustarme, Maese. Hoy eres tú el dramático, tampoco es una situación desesperada la que estamos viviendo ahora mismo, anda , Maese, sigue contándome la historia de Saari y de sus descendiente Aanari, que quiero saber más de los Saamis…
– Sólo me quieres para tus necias escrituras, de otra manera no me diriges tu palabra.
-Maese, hoy estás muy sensible, qué te ocurre, amigo mío. Ya sabes que te aprecio desde siempre y vengo a buscarte una y otra vez, a veces arriesgando mi vida, no te me pongas melodramático…
– Siempre estás atribuyéndome cualidades humanas, soy el Viento, ni me enfado ni me apesadumbro por mucho que lo desees, humano.
– Lo que deseo es la historia, Maese, no te ofendas, que luego me llenas de nieve hasta los ojos.
– Contigo, no hay quien pueda, necio humano, escucha la historia y calla, pues me cansan tus aseveraciones…
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Y Luna brillaba en lo alto con su cuerpo lleno de luz, toda la aldea estaba reunida bajo su luz clarificadora de la oscuridad, hombres, mujeres, niños, estaban convocados por Anayet, junto a él había sentada una joven con un vestido blanco, le resplandecía su cabello negro a la luz plateada de la luna, como si estuviera iluminada por ella, tocada por su tenue hechizo materno creando un aura de pureza sobre su cuerpo.
Todas sabían que lo que iba a ocurrir aquella noche tendría gran importancia para el futuro de la aldea, era el pueblo de Anayet, más bien lo que quedaba de él y se podía hablar en femenino pues la mayoría de los varones habían muerto en la guerra contra Balaitous, habían vertido su sangre por sus hijos, por sus esposas, bajo el mando de Culibillas, la elegida, la ungida por la Luna, pero aunque la batalla se había ganado, esta guerra no había aún terminado, nunca lo haría, la luz y la oscuridad se entremezclan y luchan entre sí por siempre, necesitándose y repeliéndose, en lo que los humanos llamáis el bien y el mal.
-Querido pueblo, hoy os he convocado a todos `pues han pasado hechos muy importantes que todos debéis saber. -Dijo Anayet levantándose de su asiento, su rostro enjuto, cubierto de tres cicatrices, tenía la mirada cansada, la de un hombre que ha llevado una descomunal lucha.-Sari, mi querida sobrina, que todos conocéis, fue llamada por Culibillas la noche anterior. Y nos tiene que contar lo que le ha trasmitido Culibillas.-Continuó con su voz firme pero cansada.Un rumor se esparció, la sorpresa y la inquietud se repartía entre las presentes.
-Culibillas, nuestra Culibillas, pero ella está bien, ella volverá…Muchas voces hablaban a la vez en un murmullo que amenazaba con romper el silencio.
-¡Silencio! Dijo Anayet subiendo la voz. Y todo el auditorio enmudeció. -¡Dejad que Sari os cuente lo que ha sucedido!
Todas las miradas se volvieron a Sari, una de las primas más pequeñas de Culibillas, apenas era una niña cuando Culibillas derrotó a Balaitous.
-Anoche fui a ver a Culibillas, ella me llamó en sueños.- De nuevo el murmullo se esparció entre los asistentes. -Sí, la vi y hablé con ella, no era un sueño, era real, a pesar de que no salí de mi habitación-.
De nuevo Anayet tuvo que pedir silencio, la excitación era enorme, nadie había vuelto a saber de ella tras la última batalla, cuando tras sepultar a Olivier en la montaña de Balaitous desapareció tras las inmediaciones de la Peña Foratata.
-Me contó que tenía una misión para mí, la guerra contra Olivier no ha terminado, nunca terminará, me dijo que la luz y la oscuridad se necesitan, y deben existir las dos, pero debe haber un equilibrio entre ellas, me ha dejado la misión de custodiar la sustancia oscura. -Dijo Sari levantando la voz para que todas lo entendieran y de nuevo un murmullo saltó entre las asistentes…
-Tampoco yo sé lo que es, ella me dijo que es una sustancia que podría privarla de su poder con sólo rozarla, y sin su poder, Olivier quedaría de nuevo libre sobre la tierra, convocando de nuevo a la oscuridad que durante tantas generaciones hemos padecido.
El rumor eran casi voces, de desesperación – No , Olivier otra vez , no, por favor.-Se oía de fondo quejidos lastimeros. Pero Sari avanzó un paso con un collar con una piedra negra en la mano y todas callaron.
-Yo portaré el collar con la piedra, y debo llevarla lejos, muy lejos de aquí, nunca puede caer en manos equivocadas. Me ha dado esa misión, y juro que nunca caerá en las manos equivocadas, me dejaré hasta la última gota sangre de mi cuerpo por cumplir mi misión.-
Otra vez el cuchicheo se esparció, había muchos rostros de ansiedad, otros de tristeza, otros de miedo y no paraban de murmurar entre ellas, en voz baja, pues recordad que casi todas las asistentes eran mujeres.
-Silencio, ¡Silencio! Dijo Anayet- Y de nuevo todas callaron.
– Os he convocado, pues Sari ha querido marchar sola con la piedra, pero yo no la he dejado, no puede caer ese peso sobre ella, es demasiado para una sola persona.-
-Así es, así es,- dijeron muchas voces. – Que el peso de esa piedra sea para las mujeres de la aldea, entre todas lo llevaremos. Que la muerte de nuestros maridos y nuestros hijos no sea en vano, llevaremos esa carga por los tiempos venideros nosotras y nuestras hijas – Dijo la mujer más mayor de la aldea mientras las demás lloraban y asentían pues sabían de la importancia de la misión que les encomendaban.
-Es lo que quería escuchar- dijo Anayet, sentándose pesadamente en un banco, con el rostro cansado y surcado de arrugas -A partir de hoy toda mujer de la aldea llevará un collar igual que el de Sari, y todas guardaréis el secreto de la piedra, nadie que no sea de nuestra aldea sabrá nada de lo que ha ocurrido, ¡Nunca, nunca jamás!
-Sea así- gritaron todas a la vez. Mientras bailaban y lloraban bajo la luz de la Luna, en un rito de juramento eterno, que pesaría sobre todas sus hijas, hijas de la Aldea de Sari, Saari, la primera de las Saamis que poblarían las tierras más frías y apartadas del planeta.